La Mujer De Las Nueve Lunas by Carmen Torres Ripa

La Mujer De Las Nueve Lunas by Carmen Torres Ripa

Author:Carmen Torres Ripa
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-08-09T23:00:00+00:00


San Ruperto, año 1178

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Hildegard pensaba que desde la muerte de Isobella el cielo estaba tan triste como ella. El frío era intenso y, entre copos de nieve y lluvia, las nubes cargadas de agua llenaban de oscuridad el monasterio. Las dudas y el misterio que envolvían la muerte de Isobella rondaban intrigantes entre los mismos muros conventuales. A lo largo de los años, Hildegard recordaba en presente la llegada de Crisòstomo a la celda de Isobella el día de su muerte. Era una pesadilla que se repetía aunque se sentía muy anciana. Muchas noches sin sueño volvía a ver a la joven vestida de novia y la perturbaban los ojos cargados de lujuria de Crisòstomo. El monje tenía trozos de hielo en el hábito y, mientras se sacudía la humedad, la miró con desconfianza y prevención. Hildegard notó un brillo de satisfacción en sus ojos. Era como un dios que sube a su propio altar. Parecía satisfecho, en ningún momento triste por el relato que Hildegard le hacía del suceso más extraño que había ocurrido en el convento. Se rió. Rieron su hábito, su cara y su barba descuidada y grasienta. También le dio asco su mano blanda y le asustó cierto olor a verbena. La verbena, la hoja de la vida, su aroma principal para las infusiones para el alma y el espíritu. El clérigo miró el cuerpo de Isobella vestido de novia y Hildegard notó que reprimía un deseo de acercarse más. La observó largamente, con detenimiento, y dijo algo que se le quedó grabado a la abadesa para el resto de sus días.

—Quizá vos sois la madre. De una virgen y otra virgen es posible que se engendre una tercera virgen.

—Estáis blasfemando en la presencia de Dios — replicó Hildegard.

—Yo no blasfemo. He aquí una virgen que ha tenido una hija. No hay sangre de parto. No hay señales de dolor. Vos tendríais que explicarme qué ha ocurrido aquí. Yo no entiendo nada. Si lo ocurrido es como decís, ha nacido un nuevo Cristo mujer. No creo que penséis en esa posibilidad. Aunque vuestros escritos siempre hablan de la importancia de la mujer. Si de verdad tenéis visiones, ¿cómo no visteis que teníais una virgen embarazada en vuestro convento? ¿Acaso sois ciega? ¿No visteis la tripa hinchada de la novicia? ¿O todo fue tan milagroso desde el primer instante? ¿Algo así como sin romperlo ni mancharlo?

Estaba confusa. El clérigo la estaba acusando de ceguera. Había visto el vientre hinchado de Isobella, aunque comiera menos y se apretara la tripa debajo del hábito. Hildegard había sufrido tanto en aquel tiempo que apenas le hablaba. Evitó quedarse a solas con Isobella. Y aquella noche... todos sus principios y creencias se derrumbaron.

—Hermana Hildegard — dijo con autoridad el clérigo Crisòstomo— , tened cuidado con lo que pasa entre los muros de este convento. Creo que podría acusaros de brujería. Lo que me contáis es obra de una hechicera. La Iglesia condena a los embaucadores y vos estáis confundiendo mi buena fe.



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